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Una tierra de
451 años. São Paulo celebra su cumpleaños con partes de su historia impresas en todas las razas. El pequeño villorrio hizo de Brasil un gigante con su fuerza económica, su característica multicultural y su resistencia a las adversidades. Resultó la más grande ciudad de Latino América, fruto de gente siempre iluminada, algunas ilustres, otras poco conocidas y que deambulan por su historia. Hay un personaje que pasea por la memoria de São Paulo y casi siempre desempeña el rol de simples comparsa. El portugués João Ramalho, que vivía por estas tierras hace mucho, antes mismo de la llegada de Martim Afonso de Sousa a São Vicente (1532), puede ser considerado, en verdad, el grande padre del Planalto Paulista (la Altiplanicie de São Paulo). El fue quien abrió camino y lo enseñó a los padres jesuitas para llegar a una región de "ares fríos y temperados como los de España". João Ramalho fue quien venció la resistencia indígena y resultó señor de los campos de Piratininga, donde, el 25 de enero de 1554, los padres Manoel da Nóbrega y José de Anchieta fundaron el Real Collegio de São Paulo. Así, de las manos de João Ramalho y del padre Manoel da Nóbrega, São Paulo nació en una pequeña cabaña cubierta con sapé (una planta brasileña), con largura de 14 y anchura de diez pasos, en alto de una colina. Servía de escuela, dormitorio, refectorio, enfermaría, cocina y despensa, conforme relato del propio padre Anchieta. Director de la Compañía de Jesús en Brasil, Nóbrega fue quien determinó donde seria construido el colegio y, devoto del Apóstol Paulo, también escogió el día del santo para fundar oficialmente São Paulo de Piratininga. La data fue marcada por la celebración de una misa en frente a la cabaña, rezada pelo padre Manuel de Paiva. Pero, además de João Ramalho y Nóbrega, otro religioso tuvo presencia decisiva en la historia de São Paulo. José de Anchieta fue una figura sobresaliente en la consolidación de la nueva población. Colaboró en la creación de la escuela de los jesuitas y allí trabajó por 10 años como maestro. Juntamente con el, otros padres enseñaron la Lengua Portuguesa, el Latín, Matemática, Teología e Historia. Prontamente, la primera cabaña resultó pequeña para la función. Así, los jesuitas juntaron esfuerzos para construir un nuevo colegio, inaugurado entre 1556 y 1557. En este colegio las paredes eran de taipa de pilão (una mezcla de barro, arena, fibras, sangre y estiércol de buey). Es cierto que la convivencia entre João Ramalho y los jesuitas no ha sido siempre buena. Los padres condenaban con vehemencia su estilo de vida, su alto número de hijos y sus relaciones con otras indias, además de Bartira, su mujer, hija del cacique Tibiriçá. Cuando los primeros jesuitas llegaran a Brasil, en 1549, junto con Tomé de Sousa y liderados por el padre Manoel da Nóbrega, João Ramalho (foto) sofrió intensas críticas. Mas los religiosos percibieron que sin su ayuda seria difícil iniciar el trabajo de catequesis. Cerca de 1553, Tomé de Souza, en una carta al rey, decía que João Ramalho tenía "tantos hijos, nietos y biznietos que no oso decir a Vuestra Alteza, el tiene más de 70 años, pero camina nueve leguas antes de la sena y no tiene ni un único fío blanco en la cabeza ni en la cara". São Paulo creció al rededor del Pateo del Colegio. 1560 São Paulo ganó foro de Vila y picota, pero la distancia de la costa y el aislamiento comercial la mantuvieran, durante mucho tiempo, en una condición sin mucha importancia. En 1681, fue considerada cabeza de la Capitanía de São Paulo y, en 1711, la Vila fue elevada a la categoría de Ciudad. De ella partieron las "banderas", expediciones organizadas para buscar minerales preciosos en lugares apartados de la costa y de los terrenos cultivados.
Los cambios atingieron el “marco cero” (el punto central de la antigua ciudad) Con la expulsión de los jesuitas de Latino América, en 1760, sus posesiones todas fueron confiscadas y el colegio, cuna de São Paulo, pasó a pertenecer al gobierno. El lugar pasó a ser llamado de Largo del Palacio, abrigando a la sed de los capitanes generales. A partir de ese punto, el área pasó por varios cambios: en 1770, fue palco de la sesión inaugural de la Academia Paulista de Letras, y resultó un centro cívico y cultural. En 1821, recibió el Gobierno Provisorio de São Paulo, un primer paso para la Independencia Nacional. En el año siguiente, el Pateo del Colegio (con la grafía en que aparece registrado en placas y documentos) recibió un ilustre huésped: después de declarar la Independencia de Brasil, Don Pedro I siguió para allá, donde se quedó por 11 días y escribió el Himno de la Independencia. Ya en 1881, el presidente del Estado Florêncio de Abreu determinó una amplia reforma en la fachada del predio que, después, con la República, tuvo su iglesia transformada en Palacio del Congreso. El inicio del siglo 20, el predio, totalmente quitado de su verdadero carácter, pasó a abrigar la Secretaria de la Educación y fue demolido en 1953. Afortunadamente, se preservó una pared de taipa de pilão. En una tentativa de rescatar la memoria, fue erigido otro predio en el Páteo do Colégio (con la grafía en que aparece registrado en placas y documentos), área que reúne hoy día una capela y el Museo de Anchieta (piezas de arte sacra, reliquias históricas, cuadros, fotografías y objetos recuperados durante las obras realizadas entre 1953 y 1956).
Los dueños de Piratininga En la época de la fundación de São Paulo, los “tupiniquins” dominaban los campos de Piratininga y el Vale del Río Tietê. La altiplanicie era poblada por varias aldeas tupís. Los indios bajaban para la costa en la época fría para pescar y fueran los responsables por la creación de varias trillas, en su mayoría usadas por los jesuitas y portugueses. Los tupís estaban formados por diversos grupos indígenas, que, en su mayoría, vivían para la guerra. Tenían profundo orgullo de su fuerza y coraje. Entre las familias tupís, predominaban en la Isla de São Vicente los tamoios, cuando la expedición portuguesa llegó en 1532. Es importante realzar que el cacique Tibiriçá, jefe de una parte de la nación indígena establecida en los campos de Piratininga, con sede en la aldea de Inhampuambuçu, fue un grande colaborador de los jesuitas y portugueses. Defendió muchas veces São Paulo de ataques de otras tribus y facilitó el trabajo de catequesis. Sus restos mortales se encuentran hoy día depositados en una cripta en la Catedral de la Sé. Los indios vivían en bandos. Eran nómadas, de donde viene la dificultad para determinar con exactitud los pontos donde se fijaban por algún tiempo. También no tenían la costumbre de esclavizar al enemigo, pero de devorarlo. En las "cazadas de gente" que promovían, como registra Hans Staden, cabía a las mujeres mayores desollar, cortar e repartir la víctima. Manoel da Nóbrega escribió que ellos engordaban al enemigo vencido para después devorarlo. El período de guerras entre portugueses y tamoios no se les llevó mucho tempo. El 12 de mayo de 1564, la Cámara de São Paulo registraba: "la Capitanía de São Vicente está entre dos generaciones de gentes de varias calidades y fuerzas que hay en toda la costa de Brasil, como son los tamoios y topinaquis, enemigos hacia muchos anos".São Paulo grew around the Pátio do Colegio (the School Yard). In 1560 it gained Village status and a pillory, but due to the distance to the coast and the commercial isolation, it remained in position of no greater importance for a long time. In 1681, it was considered the head of São Paulo’s “Captaincy” (each of the administrative units during the colonial time, which later became the states of the union) and, in 1711 the Village gained the status of City. It was in São Paulo that the “bandeiras” (“flags”), organized expeditions to look for precious minerals in the distant hinterlands.
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